
Hay vidas que comienzan el día en que nacen. La mía empezó mucho antes.
Empezó en los barcos que trajeron a mis abuelos desde Grecia y Francia hasta América. Empezó en las manos de una madre mexicana y en la mirada de un padre chileno que me enseñaron, cada uno a su manera, que la gratitud también puede heredarse.
Nací un quince de diciembre en la Ciudad de México.
Y desde entonces he intentado comprender una sola pregunta: cómo vivir con el corazón despierto.
Las respuestas han cambiado muchas veces.
Las encontré en la tradición judía de mi familia. Más tarde, después de mi Bar Mitzvah, el Budismo y el Taoísmo llegaron silenciosamente a mi vida. No para borrar el origen, sino para ensanchar el horizonte.
Con los años estudié Comunicación, Filosofía y Estudios Budistas.
Pero la verdadera educación continúa ocurriendo cada mañana, cuando vuelvo a descubrir que un libro, un árbol, una conversación o una caminata pueden enseñarnos la misma lección: estar vivos es un privilegio inmenso.
Escribo.
Es mi forma de agradecer.
Trabajo como redactor creativo y comparto parte de este camino en un podcast y una columna. Allí intento ofrecer lo único que realmente poseo: una mirada.
Cuando no escribo, practico Tai Chi, exploro las montañas junto a Mía y Hannah, busco la luz con una cámara y leo acompañado de un café y un pan dulce, porque existen pequeños gestos capaces de sostener un día entero.
Si esta página tiene un propósito, Es abrazar que nuestros caminos hayan coincidido.
Gracias por entrar. Ojalá esta casa de palabras también pueda convertirse, por un instante, en un lugar para la tuya.


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